Mostrando entradas con la etiqueta Otoño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otoño. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de julio de 2011

Camuflaje otoñal


Esta plaza cambió. Pasé por aquí hace cuatro días, antes de las lluvias del fin de semana, y todo el suelo era de un verde poderoso, vivo. Como si el pasto, que no es poco, se le regara día tras día, y se le pusieran vitaminas y fertilizantes. Quizá tienen un jardinero sólo para ella. Veinticuatro siete. Perfectamente probable. La plaza está a los costados del río Mapocho, en Providencia, comuna con recursos y de muchas áreas verdes que, incluso en algunos casos, tienen nombre. En otras comunas ni si quiera alcanza para identificarlas con un letrero y menos, para tener a un cuidador para lograr una hierba de ese color. En todo caso, ahora casi ni se ve. Las plazas cambian en otoño producto del viento que hace caer las hojas cafés y marchitas de los árboles vecinos. Y la lluvia también hace lo suyo: basta con agacharse un poco, como para sacar una foto a ras de piso, para sentir ese olor a humedad, mezcla de tierra, agua y la química del suelo. Un aroma que, de alguna manera u otra, te lleva a pensar en tu infancia, cuando la plaza del barrio era tu patio de juegos, donde caías al piso una y otra vez, buscando sólo diversión.

viernes, 1 de julio de 2011

El poco pasado de Echaurren


El otoño en calle Echaurren tiene un dejo de nostalgia. De algo perdido. Quizá por su casi nulo movimiento, es inevitable fijarse en las pocas fachadas coloniales que ofrece en comparación con sus vecinas República y España. Raro, considerando que todo este sector perteneció a dos quintas: la “Quinta Echaurren” y la “Quinta Meiggs”. Pero eso fue alrededor de 1850, cuando se irguieron esas casas suntosas, mezcla y producto de la envidia y ambición de familias con dinero y apellidos extranjeros. En aquellos años, las señoritas de sombrero paseaban de la mano con sus prometidos de bigote y bastón y los vendedores ambulantes llenaban de gritos e insumos las veredas. Ahora las jovencitas le gritan “hueón” al pololo y comentan la ganas que tienen de que sea viernes para ir esas mismas casas suntuosas a tomarse una chela. También es imposible dejar de pensar que el otoño en calle Echaurren debió ser más cálido hace menos de un siglo atrás, cuando los cientos de faroles color verde petróleo no se confundían con las líneas rectas de los edificios modernos, y el trenvía, desaparecido en 1959 y del que aún se pueden ver los rieles en el asfalto, movilizaba a los vecinos desde la Alameda al sur y viceversa.